Hace unos años, sumida en un momento de desidia, me vino a la cabeza el título de una película de los hermanos Coen: No es país para viejos. Aquella frase resonó en mí como un eco incómodo y se transformó casi de manera automática en otra: No es este un país para soñadores.
Durante siglos, el oficio del actor/actriz, del comediante, ha habitado en los márgenes, hemos sido vistos como meros entretenedores, figuras errantes de diversa procedencia y modos de vida cuestionables. El imaginario colectivo nos ha colocado muchas veces en un lugar menor, frágil, sospechoso, ¿quién quiere tener un hijo artista?. La pregunta no es inocente: esconde el miedo a la precariedad, al desamparo, a una sociedad que no reconoce el valor real de la creación artística.
“Eso no es un trabajo serio”, “de eso no podrás vivir”, “tendrás que estudiar algo aparte”, frases repetidas generación tras generación, como un mantra que cala hondo. Los comediantes hemos cargado con etiquetas que aún hoy resuenan: gremio marginal, bohemios sin rumbo con más vocación que futuro, y lo más doloroso es que, durante mucho tiempo, nos lo creímos.
Sin embargo, algo empieza a moverse. En los últimos años, el reconocimiento de los derechos culturales ha comenzado a ocupar un lugar central en el debate público y en las políticas institucionales. La cultura ya no se entiende sólo desde el consumo de entretenimiento, sino como un derecho fundamental, ligado a la dignidad, la identidad y la participación ciudadana.
Hablar hoy de derechos culturales es hablar de futuro. De marcos legales que dignifican el trabajo artístico, de estatutos que reconocen la intermitencia del sector, de políticas que entienden la cultura como un bien común y no como un lujo. Es un cambio de paradigma que no solo protege a los creadores, sino que fortalece a la sociedad en su conjunto, haciéndola más sensible y más democrática.
Soñar, entonces, deja de ser un acto ingenuo para convertirse en un ejercicio de ciudadanía. Crear ya no es sólo resistir, también construir. Desde las artes escénicas seguimos defendiendo el derecho a imaginar otros mundos posibles, a narrar lo invisible y a generar espacios de encuentro
Quizá sí sea este un país para soñadores. O, al menos, empieza a serlo, recordándonos que la cultura no es un adorno, sino una necesidad. Una forma de estar, de pensar y de vivir en común.





